El tiempo en noviembre en Praga está decididamente dispuesto a sorprenderme. Sol y niebla a las once de la mañana. Salida para coger el tranvía rodeada de una atmósfera dorada y semi-opaca… Las caras checas siguen su habitual formalidad, pero a veces se pueden atisbar pequeños gestos de involuntario relajamiento.

El tranvía configura una forma de moverse por la ciudad. No miro a mi mochila ni vivo en la tensión en la que se vive en Barcelona, en la que cada dos por tres desearías tener un tercer ojo a tus espaldas (y una tercera mano para ir soltando sopapos a los manguis). Los robos hasta ahora han sido inexistentes, quizás en su invisibilidad.
La gente se para en la calle, las calles van pasando en un travelling sin sobresaltos y sin más banda sonora que la campanilla que va haciendo sonar periódicamente el conductor. Todo fluye cuando estás subida en un tranvía. Te olvidas de no saber checo, de la cara larga que te ha mostrado la dependienta del TESCO, de tu cara de estupidez cuando han llamado al timbre y lo único que has podido decir es “nemluvim cesky” (no hablo checo), de los desesperados intentos por explicar que tienes una entrevista concertada y si la citada persona puede venir…

Todo eso se olvida cuando estás rodeada de partículas doradas mientras esperas a que venga el 17…aunque también podría coger el 21 y luego cambiar al…

Olvidando las caras y volviendo a ver sólo las formas…

Ooooooh, 3, 2, 1… El reloj empieza una hora más a mostrar su show centenario. Los ojos buscan ansiosos, los dedos presionan una y otra vez los botoncitos de las cámaras, se busca con el zoom frenéticamente, ¿dónde, dónde está la acción?

Y la niña. Quizás en su sueño de ayer quería incendiar algo con las cerillas que guarda en su abrigo rosa, pero ahí está, mirando, sentada. Al final ella parece más racional que el resto.

DSC06072

El reloj judío de la plaza va al revés. Él lo mira, se pasea, vuelve al cabo de un rato. Su perfil aquilino y solitario se alza, huele, apunta, trata de cazar con la mirada las agujas que recorren las señales astronómicas.

DSC06058

Ayer, en medio de la plaza del reloj, empiezo a ser protagonista de un sentimiento kafkiano. Las parejas que se van cruzando ante mi objetivo se han metamorfoseado, y son un ser híbrido, siameses de rasgos similares, esculpidos por el paso del tiempo. 23 años, de los cuales podríamos considerar que 18 plenamente consciente (siendo optimista), y ayer por primera vez se abre ante mis ojos un ejemplo de espejismos emocionales, de proyecciones físicas, de adaptaciones al medio.

Click, clack. Malas fotos, pero voy a persistir en el estudio…

DSC06081

DSC06117

DSC06130

El otoño en Praga es

viento

lluvia

días grises

manos heladas

tranvías cálidos

policias persiguiendo a vagabundos dormidos en la calle

doble capa de calcetín

un café caliente entre las manos

perros con abrigo

… y algún día de sol.

praha_november

(extracto)

El mundo está hecho una mierda niña, y me enfada que la gente mayor diga que somos una mierda de generación (incluso mis padres lo dicen) que no quiere trabajar. Sí que queremos, pero es que se han encargado de destrozar todo el sistema laboral, y sólo podemos aspirar a basura. Y al mismo tiempo, llenándonos la cabeza de ideales, de sueños de creatividad y estimulos continuos, cuando al final lo que pasa es que el día a día se convierte en una lucha contra el tedio y la pasividad imperantes.

Lo mejor para entender a un checo es investigar sus chistes…

Van San Pedro y Dios paseando, y se pierden por este ancho mundo. Llegan por la noche a una pequeña granja checa, donde piden asilo. La familia les ofrece comida y bebida, y Dios, agradecido, les concede un deseo. El “pater-familis” le dice: “Sabe que mis vecinos tienen una hermosa cabra que no para de dar leche?”. Dios asiente y le pregunta: “Quieres otra igual?”, a lo que el granjero le responde: ” No, quiero que mate a la cabra”.

Primer pecado capital de los checos: la envidia. Sobresalir por encima de los demás, demostrar activamente tus habilidades y tener éxito está mal visto, y es la vía más fácil para caer en desgracia.

DSC05764

Salir de Praga en tren: una odisea.

Imagen 4

Estos días he estado editando el segundo de los reportajes que estoy haciendo en Praga, y estoy especialmente contenta con la experiencia. The Tap Tap es una banda musical surgida el 1998, ideada por Šimon Ornest para los estudiantes de un instituto de Vysherad. En su tiempo libre, los estudiantes, si tienen ganas y sobretodo constancia, tienen la oportunidad de tocar en una banda auténtica, participando en festivales en la República Checa y en Europa. Las discapacidades físicas no son un impedimento para sentir el ritmo, y verlos en directo fue una experiencia deliciosa. Conocerlos, aún mejor. Pese a las dificultades de idioma, ya que muchos de ellos sólo hablan checo (o no se lanzan con el inglés), conocí a varios de ellos durante un ensayo que gravé, y fue genial ver sus genuinos esfuerzos por mostrarme todo, explicándome la estructura de las clases, los instrumentos… A uno de ellos le caí especialmente bien, jaja, así que se auto-nombró como guía del lugar y me llegó a mostrar hasta el banco y el cenicero donde podía descansar. Lo dicho, salí de allí con una sonrisa de oreja a oreja.

Imagen 2

Llegar al festival fue otra cosa, ya lo conté en otro post. La vuelta, en medio de la oscuridad e iluminándome sólo con el mini-foco de mi cámara, fue apoteósica. En estos días, en que el viento empieza a arreciar (y ya he perdido mi primer gorro, arfff!), en que el forecast de mi portátil me dice que va a nevar cada dos por tres… agradezco tener ya las imágenes gravadas y listas para cortar.

Imagen 3

Da un poco de miedo lo rápido que está pasando el tiempo. Los plazos de entrega se acercan a velocidad de crucero, y el bohemio de David Cerny es un entrevistado difícil. Otro día explicaré quién es, porque vale la pena, ya que es una buena conjunción de elementos: bohemia + éxito de público + sentido del humor checo. Un personaje atractivo para hacer un reportaje sobre él, pero más difícil que un mirlo blanco para capturar con mi pequeña cámara. Pese a esto, persisto, y hasta me divierte toda la epopeya para poder acabar el reportaje. Eso sí, tendré que ponerme las pilas!

Cuando cerraba la puerta del piso en Barcelona, tuve la sensación de dejarme algo al oír el clack de la puerta. Ayer supe qué: antibióticos. Llevaba ya varios días rondando las lekarnas (farmacias) como una loba famélica, pero sin receta no es posible conseguir nada más que inocuas pastillas de hierbas, y yo empezaba a acusar las consecuencias de vivir en un clima con cambios de temperatura bastante heavys.

logo-lekarna

Ayer por la noche el cuerpo dijo basta, así que mis piernas me llevaron, previa llamada orientativa al 112 (servicio de emergencias, atienden en inglés, gracias a Dios y a la Queen), a la Klinika más cercana. Llamé al timbre y… hola, bienvenida al 1960, viva Stalin y el partido de los trabajadores. Subí en el ascensor tras señalar mis puntos de dolor a un anciano checo que miraba una serie norteamericana en su televisor. Arriba me encontré a una enfermera que sólo hablaba checo. Con el diccionario le fui señalando lo que me pasaba.
“Passport?”
Pánico. Me lo había dejado porque pensaba que ayer sólo consistiría en una inocente cena. Saqué el carnet de seguridad social catalán, señalando mi nombre y chapurreando que era una “spanelka studenka”.
“Studenka?”
Saco rápidamente mi carnet de la universidad. Es a lo más que podía aspirar en esos momentos como identificación; y en ese momento era capaz de asaltar el dispensario si no me atendían, o ponerme a hacer gramática checa allí mismo con tal de que me dieran algo para curarme. La mujer pareció más o menos satisfecha con los dos carnés que le di (o lo suficientemente desesperada), y me hizo esperar un minuto antes de conducirme a la consulta.

La consulta fue rápida y desagradable. Por suerte el doctor hablaba inglés rudimentario, y tras pedírselo, tuvo la “deferencia” de escribirme la dirección de la farmacia nocturna más cercana. La consulta me salió a 6,3 euros, y de allí salí con mi receta en la mano y lista para intercambiar.

Primer problema: la lekarna indicada no da a la calle, sino que está dentro de un edificio. El número de edificio había desaparecido porque estaban de obras.

Segundo problema: la farmacéutica me dice que no tiene lo que le pido. Cara de estupefacción, seguida de un inmediato “dónde leches voy ahora?”. Como (casi) siempre, no habla inglés apenas, pero me indica Namesti Miru, una plaza de Vynhorady (para entendernos, como si yo estuviera en Portal del Ángel y me dijeran que he de ir a Sagrada Familia). Echo a andar, pensando que quizás encuentre algún tranvía: ilusa…

tranvia praga

Llego a Namesti Miru, encuentro la Lekarna y compro la medicación, que me tomo sin esperar a llegar a casa. El problema es que no me fijo que no he cogido la calle correcta, así que hago una desviación estupenda que me aleja de mi objetivo final, mi cama. Voy corrigiendo poco a poco la ruta.

Trato de coger un tranvía nocturno, pero el único que veo no va para donde quiero llegar. Está a rebosar, y de repente empiezan a oírse los gruñidos del ataque de un perro en el interior. Una decena de personas, sobretodo chicas, salen asustadas. El conductor suelta un grito en checo terrible. Las chicas vuelven a entrar cuando los gruñidos y los ladridos paran. El conductor sale de la cabina soltando otra sonora frase en checo, cuando de repente el perro se vuelve a cabrear y se produce una nueva estampida. Mmmm, mejor ir andando, sin prisas pero sin riesgos.

Por suerte Praga es una ciudad que no es peligrosa de noche (vale, sí, no queda muy bien decir esto después del párrafo anterior, pero es verdad). Bien iluminada, buena visibilidad.
Me siento un poco mejor mientras subo un tramo eterno de escaleras. Me siento mejor cuando ya no tengo que mirar el mapa porque el camino me lo sé. Me siento infinitamente mejor al llegar a casa y sentir el calorcillo de la calefacción. Me siento en el cielo cuando agarro mi cojín y me duermo en mi cama IKEA, que por una vez, me parece el espacio más cómodo del universo.