Cuando cerraba la puerta del piso en Barcelona, tuve la sensación de dejarme algo al oír el clack de la puerta. Ayer supe qué: antibióticos. Llevaba ya varios días rondando las lekarnas (farmacias) como una loba famélica, pero sin receta no es posible conseguir nada más que inocuas pastillas de hierbas, y yo empezaba a acusar las consecuencias de vivir en un clima con cambios de temperatura bastante heavys.

Ayer por la noche el cuerpo dijo basta, así que mis piernas me llevaron, previa llamada orientativa al 112 (servicio de emergencias, atienden en inglés, gracias a Dios y a la Queen), a la Klinika más cercana. Llamé al timbre y… hola, bienvenida al 1960, viva Stalin y el partido de los trabajadores. Subí en el ascensor tras señalar mis puntos de dolor a un anciano checo que miraba una serie norteamericana en su televisor. Arriba me encontré a una enfermera que sólo hablaba checo. Con el diccionario le fui señalando lo que me pasaba.
“Passport?”
Pánico. Me lo había dejado porque pensaba que ayer sólo consistiría en una inocente cena. Saqué el carnet de seguridad social catalán, señalando mi nombre y chapurreando que era una “spanelka studenka”.
“Studenka?”
Saco rápidamente mi carnet de la universidad. Es a lo más que podía aspirar en esos momentos como identificación; y en ese momento era capaz de asaltar el dispensario si no me atendían, o ponerme a hacer gramática checa allí mismo con tal de que me dieran algo para curarme. La mujer pareció más o menos satisfecha con los dos carnés que le di (o lo suficientemente desesperada), y me hizo esperar un minuto antes de conducirme a la consulta.
La consulta fue rápida y desagradable. Por suerte el doctor hablaba inglés rudimentario, y tras pedírselo, tuvo la “deferencia” de escribirme la dirección de la farmacia nocturna más cercana. La consulta me salió a 6,3 euros, y de allí salí con mi receta en la mano y lista para intercambiar.
Primer problema: la lekarna indicada no da a la calle, sino que está dentro de un edificio. El número de edificio había desaparecido porque estaban de obras.
Segundo problema: la farmacéutica me dice que no tiene lo que le pido. Cara de estupefacción, seguida de un inmediato “dónde leches voy ahora?”. Como (casi) siempre, no habla inglés apenas, pero me indica Namesti Miru, una plaza de Vynhorady (para entendernos, como si yo estuviera en Portal del Ángel y me dijeran que he de ir a Sagrada Familia). Echo a andar, pensando que quizás encuentre algún tranvía: ilusa…

Llego a Namesti Miru, encuentro la Lekarna y compro la medicación, que me tomo sin esperar a llegar a casa. El problema es que no me fijo que no he cogido la calle correcta, así que hago una desviación estupenda que me aleja de mi objetivo final, mi cama. Voy corrigiendo poco a poco la ruta.
Trato de coger un tranvía nocturno, pero el único que veo no va para donde quiero llegar. Está a rebosar, y de repente empiezan a oírse los gruñidos del ataque de un perro en el interior. Una decena de personas, sobretodo chicas, salen asustadas. El conductor suelta un grito en checo terrible. Las chicas vuelven a entrar cuando los gruñidos y los ladridos paran. El conductor sale de la cabina soltando otra sonora frase en checo, cuando de repente el perro se vuelve a cabrear y se produce una nueva estampida. Mmmm, mejor ir andando, sin prisas pero sin riesgos.
Por suerte Praga es una ciudad que no es peligrosa de noche (vale, sí, no queda muy bien decir esto después del párrafo anterior, pero es verdad). Bien iluminada, buena visibilidad.
Me siento un poco mejor mientras subo un tramo eterno de escaleras. Me siento mejor cuando ya no tengo que mirar el mapa porque el camino me lo sé. Me siento infinitamente mejor al llegar a casa y sentir el calorcillo de la calefacción. Me siento en el cielo cuando agarro mi cojín y me duermo en mi cama IKEA, que por una vez, me parece el espacio más cómodo del universo.